Ahora o Nunca

Marzo 28 de 2016.

 

Colombia se prepara para afrontar los cambios de mayor trascendencia desde el proceso constitucional de 1991. Y aunque esos cambios se proyectan hoy como excepcionales, de alcanzar un acuerdo definitivo que sea ratificado por la ciudadanía, constituirán una nueva realidad.

Durante este mes, dos acontecimientos concentraron la atención de los medios de comunicación: la falta de presencia de la Fuerza Pública en el Corregimiento El Conejo en la Guajira y la posible firma del cese bilateral al fuego con las FARC. Respecto al primero, se criticó a las Fuerzas Militares y a la Policía Nacional por no estar presentes durante la toma armada del Corregimiento El Conejo por parte de las FARC, – aún existiendo grupos mecanizados a 2 kilómetros del punto mencionado- y por utilizar instalaciones de una institución educativa.

Antes que todo, es importante no olvidar la historia de muerte y sangre a la que hemos estado sometidos, durante varias décadas. La Fuerza Pública no puede ser deliberante, no puede estar politizada, debe responder exclusivamente a las instituciones y a quienes los colombianos han designado como su mandatario legítimo. Este es un valor  y un principio fundamental de nuestro Estado de Derecho, de nuestra democracia y nuestro régimen constitucional.

Por otro lado, anticiparnos a darle a las FARC  un cese al fuego bilateral sin que se haya firmado el acuerdo final de la terminación del conflicto sería un error mortal para el proceso de paz. Si el grupo armado no siente presión militar en el terreno, no sentiría la necesidad de dejar el narcotráfico, la extorsión  y la minería ilegal. Esto, generaría una política de dilación para el pueblo colombiano en la mesa de negociaciones, que sería trágica después de todo el esfuerzo y paciencia que hemos invertido.

He dicho en varias oportunidades que no podemos anticipar los tiempos del proceso de paz. Los colombianos están impacientes porque ven que la negociación se ha prolongado en el tiempo, que los diálogos han sido largos  y que no se da la firma final para la terminación del conflicto. Esa es una impaciencia lógica, razonable y justa. Pero tenemos a Nicaragua como ejemplo, aunque fue uno de los procesos con más acompañamiento internacional, los compromisos adquiridos en el acuerdo no se cumplieron, ya que las aspiraciones fueron demasiado ambiciosas y poco realistas. Por eso, invito a todos los partidos, a todos mis colegas y la ciudadanía, a que respaldemos el proceso de paz con responsabilidad. Sin prisa y sin prolongaciones eternas. No dejemos pasar esta última oportunidad.

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